“La realidad no es solo apasionante,
es casi incontable”. R.W.
Nunca cerraba mis escritos, al final. No los terminaba, ni incompletos quedaban. Resignado, cargaba aquello que me impedía ser otro mismo, cerrando el escrito. Así, no lanzaba mi grito en la lucha por la realidad (incluso sabiendo, que ninguna es definitiva).
Entonces, me escapaba siendo otra persona. Inventaba otra tarea: no hacer nada. Irresoluto, porque la concentración se me desencontraba en nada, por la perseverancia de ese dolor. De no publicar. De no ser-me. Y recurría a un analgésico, el que mucho sanaba. Iba a aquel libro, a invocar tu idolatría, aquella inspiración. Irresoluta para mí.
Aunque no lo releía. Iba, porque siemre me brilla aquella tapa opaca, de las primeras ediciones de Operación Masacre. No la moderna, esa que tan misteriosa nos parece (y se resuelve clara cuando ponemos una al lado de la otra) a los que leímos la novela de aquella primera tapa. Fue suerte o casualidad, y no es para alardear. Es porque así se expresa mis salidas, hacía aquel grande, que nunca lo consideré gigante. Aunque se que es infinito. Créanme, no tengo presenta a Walsh, salvo cuando sufro. Esto. Y, siempre recuerdo aquella caja de Pandora, envuelta en esa tapa, y todo los “algos” que me hizo sentir cuando (re)leí al (re)leer ese libro.
Ese mensaje envuelto en blanco y negro, con tanto dolor y orgullo. Algo se veía claro, blanco, eterno; Ese cuerpo tan vivo y tan rebelde. De un grueso, un hombre de trazo grueso, muy superior al típico Hombre Palito, aquel que se dibuja fácil, para no molestar a los dibujantes, aquel hombre de gruesa blancura, era asesinado con la cobardía de varios soldados de negro. La impunidad del que sostiene, es tan odioso como la gratuidad de odio del que dispara. Todo, por pensar tan distinto en la lucha por la verdad. O ni siquiera, en el caso este. Pura hijaputez. Corrupta barbaridad.
Luego la mejoraron, y el libro lo sentí más liviano. Aquella tapa era combativa. Eran más difusas las imágenes, pero resultaba más claro el mensaje. Más leíble el libro, para el que lo recibe con ganas.
De la lectura, todo lo que alojo, es como conjunto de eternas partes, que construyen una historia. La de la realidad.
Alguna parte me enseñó a no creer. O, mejor dicho, a no confiar en el discurso. La duda no miente, jamás. Plantear existencias.
También ser corajoso, orgullo de la honestidad. Animarse a ir, no. Obligarse a ir tras la verdad de la equidad, en pos de anhelar un mundo mejor para todos, lográndolo en cada uno de nosotros.
A dialogar, cuando te habla con la escritura, cuando te distingue a razonar a cambio de vos mismo, y a pensar que ya no podrás ser, vos mismo.
A la comprensión. Ser punzante con la estridencia de la pluma, apuñalando a la increíble cotidianeidad, manchándola con tinta.
A mirar todo, con el cuestionamiento de nuestros detalles. No para ser más atento, sino más equitativo o, su derivado, justo.
A escuchar, a dejar callar a todos por igual. Los silencios muestran que la imaginación supera a la lógica, y que en el tablero de ajedrez, el caballo sirve si es sorpresivo.
A creer en los ángeles, esos sostenes de los dioses. Que los ídolos los tiene cada persona, y los lucen al reflejarse en aquellos.
Así, uno preservará su libertad. Aunque sin necesidad de que sea, a través del ejercicio de las 7 virtudes que siempre me aconsejan.
Hoy, con sus 85 años de luchas, me hizo publicar mi nuevo escrito. Prometo que fue ÉL, quien me hizo luchar contra mí mismo.

