El mayor homicida de la historia es el Tiempo. Su tranquilidad en la tristeza, su firmeza a no cerder ni un minuto, y el momento anhelado que nunca llega es un castigo de tal magnitud que sólo provoca muerte. De tristeza, de ansias, de miedo.
El tiempo, tortura por excelencia, ataca todos los frentes. Los momentos alegres se amainan de santiamenes, los primeros pasan a ser segundos. Sus desvaríos son luego devueltos en épocas de muchas espinas. ¿Cómo podría regalarlo? Ya no lo quiero. Por lo menos, no lo quiero mientras ella no lo comparta conmigo.
Ahora, pero estamos ahora. En el injusto presente. Tan efímero como nocivo. Donde suprimo el ahora. Por donde lo hago huir, a aquel que solo viene para irse. Esfumarse por cada uno de mis minutos vividos. Dónde lo puedo arropar, para que se despeine. Para que sus tinturas pierdan la calma de los brillos, se aceleren los colores sin distintivos, pero con compañía.
No entiendo como no lo comprendo. Porqué no acepto sus francas palabras. El Tiempo deja que yo discurra por sus poros, en pos de distintas aventuras y por incongruentes desgracias. Si sufrir, voy a hacerlo. Si, huir no puedo. Porqué no desnucarme con los pensamientos traseros. Superiormente suerficiales.
Ahora vuelvo al mismo retorno. Distinto, extremadamanente distinto al anterior. A pesar de volver a lo actual. A pesar de huir al futuro, y de proyectar el pasado. Escucho sonidos, y sonidos que entran en cada uno de mis dolores. Escucho ruidos, y ruidos que salen de cada uno de mis placeres. Escucho todo lo que me dicen, y nada sirve más que para suprimir la atención sobre lo que me esconden. Hago equilibrio, parado sobre la punta de una aguja, me agacho para enhebrar el hilo de mi destino dentro del ojal de mi porvenir. Las del reloj ya no giran, ni siquiera en sentido contrario, porque alguien las clavó en la más profunda de mis comprensiones. Lo se, unicamente, tengo que esperar. Para ver como "volucionan" -ni in, ni e- los diariamente aconteceres.
Ahora, ya no quiero hacer nada, más que secuestrar al Tiempo de sus pasos, obligarlo a andar sin sombra, por la dirección incorrecta. Porque no hay una Historia, sino que es el tiempo el que zigzagea, con rapacidad, a través de sus antojos. y se desplasa con la parsimonia de un segundo, por los bosques de minutos, que tapan el árbol de la hora.
Y allí, ante cada roce, el golpe, todo varía; en un estruendo, todo varía. Toda toma un nuevo rumbo, hacía aquel miserable, que ya no le teme a la Muerte, porque se rebeló contra el conocimiento del tiempo. Ahí le pierde el rastro a su Vida. Le pierde el rastro a su Suerte.
Se rebela a si mismo.Se gana a si mismo.

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