Hoy me levanté, con una lengua sobre mi cara, mi perra y su lamida, exigiéndome una necesidad de satisfacción: debía bajar a hacer pis, en la ciudad y sus restos verdes sobre la calle. A la naturaleza que tenía lejos, requería.
Eran las 6:15 de la mañana, de un día que no tenía amanecer, sino atardecer gris de invierno, de esos que incursiona al volver del trabajo -tarde, siempre tarde- para desplegarse en la inmortalidad que asume el hogar (por que cuando una vivienda se considera "hogar", lo será para siempre dentro de esa persona). Bajé, con cansancio de saber que allí terminaba mi dormir. Pero con ganas de acompañar esa solicitud. No estaba. Tampoco contento, pero eso no me transporta a la tristeza. Estaba en ser, sin pereza de saber que la vida y la muerte son principios del Tiempo.
Chomba, apenás más abrigada que cualquier remera. Remera-casibuzo, se podría decir, use. Un pantalón corto, pero que dentro del rubro indicado se debe considerar largo. Sin medias, mis pies se introdujeron en las zapatillas que no tengo que atar. Esas especialmente preparadas para no tener que atarlas y que sólo con un dedo sobre el talón alcanza. Y bajamos. Todos.
Juntos, porque nos indispensabilizamos lo suficiente. En todo, en mucho. A veces me ladra, pero no la entiendo. No logro entender lo que ella sabe que no puede decirme. Nos desesperamos, hasta que pactamos otro convenio: besos y abrazos.
Y, cuando lo diferentemente desconocido nos preocupa, nos buscamos mutuamente. Juntos, nos dividimos. Las tareas y los tiempos.
Ella ladra, buscando alejar la sospecha del suspenso, entre mis tobillos. Desde allí, desde su resguardo que sólo me cobija a mi en mi felicidad de ser ambos, ladra a la suerte. A la par de entre mis talones, sabiendo que si falla, tendré que actuar en mi papel de hombre. Nunca falló. O siempre fallamos en nuestros miedos, desfundados.
Pero al caso no importa: es la primera que actúa, es la que hace la gestión inicial. Ella, es la que lleva los pantalones en la familia.
Luego hizo, yo deshice, y subimos. Eran las 6:30; baño, fui al trabajo. Llegaría temprano, por lo que ella hizo: gracias. Así estuve siendo, ni triste ni perezoso. Uno más, de dos.
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